Marco A. Dorantes

Este es mi blog* personal para temas generales; además, publico en estos blogs:
Temas técnicos de formulación de software:en Español y en Inglés.
Mis aportaciones en un seminario de introducción a la Filosofía.
*blog es una contracción de weblog: un diario o bitácora pública como medio de expresión particular.

Sunday, October 29, 2017

Sobre «Dios» — ¿Qué es un Ser Divino de Sublime Belleza?


¿Qué es un Ser Divino de Sublime Belleza?

Ese conglomerado de conceptos —Ser, Divinidad, Sublimar, Belleza— es parte de la materia prima teorética en un ejercicio adulto de teología filosófica. Un adulto con libertad de conciencia puede, apaciblemente, dejar de lado toda interpretación infantil e insulsa sobre un dios antropomórfico que habita en un supuesto ámbito sobrenatural. Así podría enfocar su pensamiento en interpretar con creativo esmero aquel rico conglomerado conceptual y cultivar su gran potencial emotivo y transformador. Por supuesto, tal potencial no está en los conceptos per se, sino en el proceso de interpretación, en el recorrido. En ese recorrido, hecho por el propio individuo, está el potencial de auto-transformación. Por analogía con el montañismo, lograr la cumbre per se no es lo central, sino un recorrido de ida y vuelta por el cual la persona que retorna, sana y salva, no es la misma persona que partió, sino otra, en alguna medida, transformada.

Ciertamente, en una teología filosófica adulta no hablamos de nada suprahumano ni sobrenatural sino, precisamente, de lo crudamente humano. Una teología filosófica madura no dirige su mirada a lo extraterreno, sino al amplio campo llamado conciencia humana.

Thursday, August 24, 2017

Al respecto de Re-educación


Al respecto de Re-educación:

¿No es ese asunto de la ‘auto-reeducación’ otra forma de ‘lavado de cerebro’ o de ‘manipulación mental’? Si aceptamos que nuestra manera de pensar a la fecha —que creemos tan propia— tan sólo es el efecto inherente de la crianza a la que hemos sido sujetos local y culturalmente, entonces claro que sí; precisamente. Pero esta vez la persona quiere y busca permanecer consciente durante el proceso —el cual está en sus manos— y ese rasgo lo hace un proceso muy diferente que una mera programación mental a cargo de otros por inercia social. Por ejemplo, una diferencia es que la desprogramación mental inicia cuando uno mismo somete a examen crítico alguna creencia de mucha importancia personal y lo hace con la intención explícita de identificar y reconocer prejuicios. Así, el esfuerzo propio de reprogramación mental tendría posibilidad de substituir esos prejuicios por una creencia cierta justificada.

Saturday, August 19, 2017

Sobre «Dios» — Caerse de la fe


Caerse de la fe era para mí una terrible desgracia: el peor y más aterrador infortunio que pudiese padecer una persona. Ser un caído de la fe significaba perderlo todo: perder la salvación eterna; pero, no sólo perderla en el más allá, sino también perderla aquí y ahora. Caer de la fe era perderse en la oscuridad del mundo, era alejarse de la nítida claridad de la luz y desaparecer entre las tinieblas del pecado y de la desesperación dentro de un aterrador y negro vacío; un vacío reinado por la mentira y por la corrupción del alma.

Ahora comprendo que esa significación proviene de un ejercicio teológico. Un ejercicio que alguna persona hizo y propuso como si fuese la mejor y única manera de interpretación. El resultado de ese ejercicio teológico fue una propuesta que luego muchos otros adoptaron; muchos de ellos debido a que no concebían que ellos mismos pudiesen usar su propia facultad teológica para desarrollar una propuesta también propia.

Pues hace ocho años que soy un caído de la fe. Recuerdo decidir regresar el boleto al cielo que se me había regalado. Muchas gracias por el regalo, pero lo regreso. Lo regreso pues aceptarlo implica renunciar a algo que ahora valoro más: mi libertad de conciencia, mi libertad de pensamiento y mi libertad moral.

Sunday, March 12, 2017

Sobre «Dios» — Hacer teología – Parte IV


Dicen que una persona común y corriente –como yo– no puede hacer teología. Tal persona tan sólo debe aceptar con fe los dogmas que le dictan los prelados jerárquicos de la tradición religiosa que le corresponda por herencia familiar o por inercia social. Dicen, además, que esos ministros o pontífices de culto religioso son los únicos apoderados de la verdad depositada en sus sanas enseñanzas y que por tanto nosotros, gente común y corriente, les debemos a estos prelados nuestra completa obediencia. A la gente común y corriente, repiten sin cesar, no le corresponde hacer teología, sino acatar, por nuestro propio bien, la teología ya hecha y terminada por aquellos prelados jerárquicos.

Pero, ¿quiénes dicen o repiten eso? A la fecha, observo que lo dicen y lo repiten algunos de esos prelados, pero la gran mayoría de las ocasiones observo que lo dicen y lo repiten las personas comunes y corrientes; tal como yo mismo lo hice por algunos años. ¿Cómo explicar esas observaciones? ¿Por qué es más frecuente que quienes digan y repitan eso sean quienes precisamente lo acatan? Quizá sea mucha la inercia grupal o la pereza mental.

Por otro lado, observo que muchos de los que se dedican profesionalmente a la teología no dicen ni repiten esas ideas del primer párrafo, sino que con frecuencia invitan a cualquiera que tenga interés en hacer teología a iniciar con algo básico: cuestionar los dogmas y a pensar por uno mismo los temas teológicos de importancia personal.

Sunday, February 26, 2017

Sobre «Dios» — ‘El escenario de la verdad’


Corría el mes de julio de 2006, hace como once años. Era una mañana dominical. Asistí a una sesión de la escuela bíblica en la que en ese entonces era mi querida congregación fanático-religiosa —una entre tantas formas gremiales de judeocristianismos contemporáneos—. El tema general era teología y el punto en ese momento era ‘el escenario de la verdad’. El expositor me preguntó: «¿qué es la verdad?» Respondí lo que había concluido de mis propias lecturas de aquella época: «La verdad es que Jesucristo es Dios». De inmediato otro miembro de dicha congregación presente en esa misma sesión rebatió: «Esa tan sólo podría ser una verdad, pero no es la verdad».

Ese día me sentí sorprendido de tal comentario pues en ese tiempo creía que la figura de Jesucristo estaba en el centro de ‘el escenario de la verdad’ y creer mi proposición —que Jesucristo es Dios— era requisito en la definición de “cristiano”; es decir, si alguien no creía eso entonces no podía llamarse “cristiano”.

Recuerdo que algunos de esos así mismos llamados “líderes” y “maestros” aclaraban que Jesucristo no era ‘Dios’, sino el ‘Hijo de Dios’. Otros entre esos mismos prelados “aclaraban” proposiciones distintas entre sí.

En retrospectiva, después de años de haber abjurado de esa forma particular de judeocristianismo, y después de apenas iniciar en la indagación histórico-crítica de la diversidad de judeocristianismos desde sus inicios, pienso que los diferentes credos y distintas definiciones de qué es y qué no es un “cristiano verdadero” han sido usados por distintos bandos desde el interior del judeocristianismo para juzgarse y segregarse entre sí mismos. Cada bando con su propio ‘escenario de la verdad’.

El escritor anónimo del evangelio canónico de Juan puso la siguiente petición en boca de Jesús:

“20 »No te ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí al oír el mensaje de ellos. 21 Te pido que todos ellos estén unidos; que como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. 22 Les he dado la misma gloria que tú me diste, para que sean una sola cosa, así como tú y yo somos una sola cosa: 23 yo en ellos y tú en mí, para que lleguen a ser perfectamente uno, y que así el mundo pueda darse cuenta de que tú me enviaste, y que los amas como me amas a mí.” — Juan 17:20-23. Edición 'Dios Habla Hoy'

Un hecho material crudo es que, desde sus inicios hasta el día de hoy, han sido incontables las irreconciliables divisiones y los numerosos cismas en el interior del judeocristianismo. Tal hecho histórico hace de esa petición una de las más ignoradas y fallidas que haya hecho el supuesto fundador de esos movimientos religiosos judeocristianos.

Por otro lado, si el arameo de la Palestina antigua fue la única lengua conocida por Jesús, como persona histórica, y si en efecto no dejó escrito alguno con sus ideas y creencias, entonces resulta muy problemático decir que la petición en Juan 17:20-23 haya sido realmente pronunciada por Jesús.

El manuscrito autógrafo del Evangelio de Juan, según el convenio erudito, fue compuesto en griego koiné a finales del primer siglo. Muy pocas personas en esa época tenían el tiempo y los recursos para lograr una composición manuscrita en griego koiné. Por lo que es muy poco probable que un campesino o pescador analfabeta de esa época lograra semejante composición. Lo puesto por escrito quizá fue alguna tradición oral que escuchó el autor decenios después de los hechos aludidos y, por tanto, no podría afirmarse que el autor haya sido un testigo presencial de tales hechos.

Lo único que ha llegado a nuestros días son copias manuscritas hechas siglos después del texto autógrafo y tales copias tienen muchas diferencias entre sí. Un escenario de la verdad hoy en día debe tomar en cuenta todos esos hechos históricos y filológicos. Un escenario de la verdad basado exclusivamente en la fe como sentimiento resulta muy problemático para una creencia verdadera e intersubjetiva. Muy difícilmente alguna forma de judeocristianismo en particular tenga el escenario de la verdad absoluta acerca de Jesús, el así llamado Cristo.

Más aún, tal escenario no es deseable pues es un obstáculo para el aprendizaje y un inconveniente para apreciar a cabalidad lo diferente.

Sunday, February 12, 2017

Sobre «Dios» — ¿De quién es la Biblia?


«En serio», es decir, como algo grave e importante, que demanda profunda consideración: estudiar «en serio» la historia de los textos de la Biblia permitiría al ciudadano en las culturas occidentalizadas —con o sin afiliación religiosa— tomar mayor conciencia de, por ejemplo, a quién pertenece la Biblia y quién está autorizado para interpretarla.

La importancia de dicha reflexión histórica no es menor si ese mismo ciudadano busca, además, tomar conciencia de que el espíritu de cada época, a través de los siglos, en esas culturas se puede definir en términos de cómo se ha entendido quién es Jesús, el así llamado Cristo. Tal interpretación ha sido distinta en cada época, y cada una ha pretendido ser la original o primitiva.

¿De quién es la Biblia?

“Tres señoras entran en una tienda de libros. Una es judía y las otras dos son cristianas —una católica y la otra protestante—. Las tres quieren regalar una Biblia en el cumpleaños de un familiar. El tendero, en cada ocasión, pregunta: ¿cuál Biblia quiere usted? Y en tres ocasiones recibe la misma respuesta: Quiero la Biblia, toda la Biblia, y nada más que la Biblia. El tendero, para evitar una reclamación posterior, con cautela pregunta la afiliación religiosa de cada una y a cada una ofrece una Biblia distinta que, en efecto, no coinciden en contenido —número de libros, para empezar: la Biblia católica tiene más libros que la Biblia protestante, y la Biblia hebrea contiene aún menos libros—.”

Repito: ¿De quién es la Biblia?

Sunday, January 29, 2017

Sobre «Dios» — ¿Inspiración divina?


El progreso en la comprensión de un tema a veces se logra al cuestionar las nociones populares sobre dicho tema. Por ejemplo, el tema de la inspiración divina de los textos de la Biblia. Alguien diría que eso no se puede entender e intentarlo es perder el tiempo de la manera más necia y torpe; por tanto, —según esa posición— se debe elegir una de dos posibles opciones mutuamente excluyentes: se debe aceptar como un dogma de fe o se debe rechazar como una patraña.

Por otro lado, desconfío de esas enérgicas dicotomías que pretenden forzar la total realidad de un tema complejo en tan sólo dos meras opiniones. Por tanto, me pregunto: ¿cómo puedo entender mejor la noción de la inspiración divina de los textos bíblicos? Pues un posible primer paso es imaginar tal noción como una mera suposición y no como algo cabalmente comprobado. De ahí la indagación personal puede continuar y desarrollarse por muchos posibles rumbos. Una posible siguiente pregunta: ¿hay indicios de esa noción en los propios textos?; es decir, ¿el escriba reconoce de alguna manera que le ocurrió tal inspiración?

El caso es que hay entre dos y tres milenios de distancia histórica entre nosotros y esos textos antiguos. Las dos opciones de la dicotomía menciona en el párrafo inicial simplemente no son las únicas que se han considerado en todo ese tiempo. Hay muchas, muchas, otras perspectivas alrededor de los criterios que formaron el canon tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento. No contamos con evidencia de los criterios usados para tales cánones; lo que hay son teorías de varios tipos como aproximaciones a lo que pudieron haber sido dichos criterios. Lo curioso es que ninguna de las teorías que he indagado incluye el criterio de inspiración divina.

Por ejemplo, Marción, en el segundo siglo de la Era Común, propuso criterios para formar un canon judeocristiano. Para él, el Antiguo Testamento trata de un dios inferior y diferente del dios de su propuesta; la cual sólo incluía el evangelio de Lucas y algunas cartas de Pablo. El dios del canon de Marción era un dios diferente del dios del Antiguo Testamento. Aunque no parece que él siquiera hubiese escuchado nada acerca de la noción de una supuesta inspiración divina.

La noción de que los textos bíblicos son resultado de una inspiración divina está directamente relacionada con la noción de la infalibilidad de los relatos en dichos textos y con la noción de esos textos como «Palabra de Dios». Pero esas nociones son desarrollos históricos posteriores a la redacción de los textos mismos; es decir, esas nociones no se encuentran en esos textos, sino son conceptualizaciones añadidas encima de los textos. Tales adiciones son resultado de sistemas de interpretación utilizados en siglos posteriores por diversos intérpretes, cada uno con su agenda de intereses particulares.

Cada una de esas nociones —entre otras: inspiración divina, infalibilidad, «Palabra de Dios», tan sólo las mencionadas aquí—, ha sido objeto de estudio en indagaciones variadas; por ejemplo, de tipo teológico, literario, histórico, etc. Y existen volúmenes y volúmenes de publicaciones derivadas de tales indagaciones. Así que su sola mención impone aclarar de qué se habla. Por ejemplo, un planteamiento de la inspiración divina propone que tal inspiración sólo aplica al texto manuscrito autógrafo; es decir, el “texto original” redactado por la mano del autor. Por lo que no aplica para las copias manuscritas posteriores, ni para ninguna de las traducciones en otras lenguas distintas a ese “texto original”. En otras palabras, según ese planteamiento, la inspiración divina no aplica en el caso del texto de las ediciones en castellano actual pues tal inspiración no aplica para el traductor ni para el proceso de traducción al castellano actual.

Al parecer ese “texto original” fue redactado en griego koiné. Yo no sé leer griego koiné, mucho menos sé traducirlo al castellano actual, quizá nunca sea capaz de hacerlo en lo que me resta de vida pues no está a mi alcance por muchas razones. Entonces, según ese planteamiento, jamás leeré las palabras inspiradas y jamás me enteraré de ese mensaje original. Sin contar con el hecho histórico de que tal “texto original” hace muchos siglos que se perdió en las arenas del tiempo. Lo único que nos llegó en el presente son copias, las cuales no todas son iguales entre sí, y nos llegaron traducciones de esas copias que han hecho diversos traductores, cada uno con su propia agenda.

Esos planteamientos indican que la inspiración divina fue un acto sobrenatural, un milagro divino, cuyo resultado fueron escritos inspirados. Pero, al parecer, no ocurrió ningún milagro para preservar dichas composiciones escritas originales en griego koiné. “El mensaje” llegó al presente en forma de una compleja trama de interpretaciones y traducciones, como una mezcla de múltiples significados superpuestos en capas textuales acumuladas durante siglos. Quizá no hay tal cosa como “El mensaje bíblico unívoco”, sino una cacofonía heterogénea divergente que explica el rasgo de los judeocristianismos por el cual con frecuencia han tomado el camino de la escisión.